Relatos acerca de Galipán y El Ávila_Lourdes Denis Santana
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Autora: Lourdes Denis Santana
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Los tesoros de Boquerón

Este relato es también conocido como la leyenda de las siete mulas. Narran los ancianos de Galipán que hace muchos años siete mulas cargadas de oro subieron al sector de Boquerón. Iban con un arriero que había sido contratado por los españoles. Dicho arriero fue asesinado en Caraballeda y los maleantes escondieron el tesoro. Los isleños nunca siguieron el rastro para hallar el tesoro. Se dice que en aquella época era usual que las personas enterraran monedas de oro. Algunos lugareños narran haber encontrado entierros de morocotas.

Cafetaleros de Los Venados

Antigua hacienda de Los Venados Los españoles fundaron haciendas y se asentaron progresivamente en El Ávila y en Galipán. En el área de Los Venados se asentaron familias procedentes de las Islas Canarias. Entre ellas las familias de apellido Pezcoso, Santana, Hernández, Pérez, Herrera... Luego, esas familias se trasladaron a Galipán, cuando Gómez declaró Parque Nacional la zona "de la fila hacia atrás". En la Hacienda de Los Venados se cultivaba y se trillaba el café. La Casona que aún permanece allí es de la época del General Juan Vicente Gómez.

La Virgen del Picacho

Según los pobladores, la imagen de la Virgen aparece tallada en el Picacho y se puede divisar desde algunos sitios. Cuentan que en una ocasión un cura de La Guaira mandó a quitar la piedra con el rostro de la Virgen y la mandó a colocar en su Iglesia donde la mantuvo tapada para ser descubierta durante una ceremonia. En el momento de descubrirla, todos se percataron de que la piedra estaba lisa y no había ninguna imagen. Al volver al Picacho, allí estaba todavía la figura de la Virgen. Dicen algunos galipaneros que en ocasiones se observa el manto azul de la virgen con los destellos del sol. A una finca desde la cual se observa la imagen la identifican con el nombre de Santa Elena en honor a la Virgen.

El Picacho también es famoso por la leyenda del cementerio indígena que existía en uno de sus parajes. Dicen que los indios Caribes enterraban a sus muertos en la montaña. Pero los pobladores se perdían cuando trataban de dar con el lugar.

La Hacienda

La Hacienda es un conocido lugar de reunión social en Galipán. Tradicionalmente, La Hacienda ha representado un sitio de reuniones, encuentros y fiestas. Sin embargo, quizá pocas personas conocen acerca de las ruinas que ese sitio alberga en los terrenos interiores del local. Las ruinas, totalmente abandonadas y a la intemperie, fueron el asiento de una hacienda colonial en la cual se trillaba el café sembrado en los terrenos de los alrededores. De allí procede su nombre. "El café era vendido listo para tostarlo" y era transportado en bestias.

La Hacienda es un lugar sobre el cual existen varias leyendas. Una de ellas es la del perro que defendió al dueño ante los ataques de un tigre. El perro logró matar al tigre, pero luego murió por las heridas que el tigre le había propinado. Otra leyenda narra que los habitantes de La Hacienda enterraban a sus muertos en los terrenos cercanos por lo que era frecuente escuchar que las ánimas rondaban por la zona.

Las carboneras

Las carboneras eran sitios preparados por los pobladores de Galipán para hacer carbón. La técnica de las carboneras requería, primero, seleccionar y preparar la madera con la cual harían el carbón. Se requería una madera dura para hacer un carbón sólido que no se deshiciera con facilidad. Para preparar una carbonera se requería hacer un "plan" o explanada cerca de un pozo o quebrada. Allí se hacía un hoyo y sobre él se elaboraba una "troja" o especie de cubierta con palos entrelazados. Se picaban rolos de madera de aproximadamente un metro de largo los cuales eran colocados en sentido vertical sobre la troja, de modo que quedaran parejos. En el interior, dejaban un espacio que iba desde el pie del hoyo hasta arriba. Se preparaba una primera mesa de madera que era sostenida con horquetas de palos atravesados para que no se cayeran los rolos. Sobre esto se iban colocando nuevas mesas de madera, manteniendo el espacio en el interior, y dándole una forma alargada que semejaba un papelón.

Cuando tenían la armazón de palos, se recubría el exterior con barro, como si fuese una pared de bahareque. Luego, por el hoyo de la base "le metían candela" y ésta se desplazaba por el espacio interior. Después que tenía un rato ardiendo, le tapaban la abertura superior y le abrían pequeños agujeros por los costados con una púa. Los agujeros eran una especie de "respiraderos" que dejaban escapar el humo a medida que la madera se iba quemando. Las llamas desaparecían y la madera se iba quemando lentamente hasta que se cocía por completo. La función de la troja en la parte inferior era dejar pasar el aire hacia la leña para que el fuego no se apagara. Cuando ya la madera estaba cocida, el barro que recubría la pared exterior de la carbonera se iba cuarteando y desprendiendo o "deboronando" por efecto del calor.

Luego, había que desarmar el hoyo de carbón. Este paso era muy peligroso debido a las altas temperaturas. Para ello preparaban una vara muy larga con un trozo de madera adelante en forma de rastrillo o haragán muy grande con la que iban extendiendo el carbón. En este proceso podía ocurrir que las brasas se encendieran nuevamente. Por ello, alguien siempre estaba listo con potes de agua para apagar el fuego. Cuando ya no había peligro de que se encendiera de nuevo lo dejaban reposar hasta que se enfriara. Posteriormente, lo colocaban en sacos. El carbón era vendido en las ciudades cercanas: Caracas, Guarenas, Guatire. Estas carboneras eran preparadas a mediados del siglo XX, en la década de los veinte y los treinta aproximadamente, cuando aún mandaba el General Gómez en Venezuela. La gente vivía de la venta del carbón el cual no sólo era usado para cocinar -así como la leña y el kerosene- sino que era usado en las haciendas para los sopletes con los que se secaba el café

El Mercado Mayor de Caracas

Los galipaneros recuerdan cuando usaban bestias (mulas, caballos, burros) para transportar su carga de flores, frutos y hortalizas hasta la actual Plaza El venezolano, en la Esquina de San Jacinto. Allí funcionaba el Mercado Mayor de Caracas. Los campesinos hacían sus compras en este mismo mercado. Por allí pasaba el tranvía que iba a la Plaza Bolívar. Algunos recuerdan que el costo del tranvía era una locha (moneda de 12½ céntimos de bolívar), y "entregaban un ticket como en el cine". Ahora, los galipaneros venden sus flores en el Mercado de las Flores ubicado en Cotiza. Algunos las venden directamente a floristerías y kioscos de la capital.

Edición: Febrero, 2002
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