El Guamito en Galipán, El Ávila_Lourdes Denis Santana
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Autora: Lourdes Denis Santana
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EL GUAMITO

Semilla del árbol del guamo El sector llamado El Guamito, en Galipán, debe su nombre al árbol del Guamo, de tronco corto y copa frondosa que se ramifica casi desde la base de la planta y ofrece sombra a los cultivos. El guamo da una fruta, en forma de vaina larga y aplanada, que contiene en su interior semillas, recubiertas con carne blanca, que son un rico alimento para los humanos y para varias especies animales.

El Guamito en Galipán_Foto: KarpatiLa zona El Guamito es un punto de encuentro obligado ya que es el sitio de parada del transporte colectivo que sube a Galipán desde el pie del cerro. El Guamito se ha convertido en un boulevard en el que se encuentran múltiples kioscos donde hay venta de dulces, picantes, mojitos, sueros, mermeladas, fresas con crema y dulces en almíbar con productos cultivados en Galipán. También hay kioscos de floresdonde venden calas, margaritas, aves del paraíso, claveles, rosas, varsovias, lirios y astromelias.En los alrededores del sector El Guamito se encuentran algunos restaurantes y áreas de distracción. Para los niños resultan atractivos los paseos a caballo, conducidos por sus dueños.

Lastimosamente, tanto algunos pobladores como visitantes han cambiado el nombre original del Sector El Guamito y lo denominan "La Hoyada" -evocando el sitio con este nombre que existe en Caracas- lo cual es un atentado contra la autenticidad del pueblo de Galipán. Por medio de este espacio invitamos cordialmente a galipaneros y turistas a luchar por el rescate de la denominación original de El Guamito

EL GUAYABO MOCHO

El Guayabo Mocho es el nombre de una pica en Galipán, ubicada en las cercanías del sector El Guamito. Tal denominación deriva de un frondoso árbol de guayabo que fue mutilado por personas inescrupulosas, por el año 1898, quedando su tronco en pie como testimonio del acto vandálico cometido. El poeta galipanero J. M. Pérez Machado, en su poemario Ecos del Tiempo (Galipán, 1930) narra este desventurado episodio.

EL GUAYABO MOCHO
(Leyenda de Galipán)
J. M. Pérez Machado
Galipán, 1930

Voy a contaros la historia de un gran guayabo antañón,
que, según la tradición, alcanzó fama notoria.
Yo lo aprendí de memoria de los labios de mi abuelo,
quien debe estar en el cielo, pues me enseñó con llaneza,
a amar la naturaleza, desde que era un rapazuelo.

Era un árbol centenario que, en un abrupto sendero,
ofrecíale al viajero el descanso necesario.
A su tronco extraordinario, retorcido y anguloso,
no acercaba el alevoso leñador su hacha inclemente,
porque decía la gente que era un árbol bondadoso.

En sus ramas superiores jugueteaban las ardillas,
y las tiernas tortolillas se contaban sus amores,
A los primeros albores del día, los turpiales y gonzalitos, rivales,
entraban en contrapunto; y jamás otro conjunto moduló acordes iguales.

Por allí solía rondar, aunque no todos los años,
el terror de los rebaños, el agresivo jaguar.
Y alguna vez ví serpear por las breñas, cautelosa,
a la tigra mariposa, cuya aparición fortuita
causa espanto al que transita por la selva peligrosa.

Cuando el huracán rugía en la cumbre, amenazante,
toda la selva, al instante, de pavor se estremecía:
El matapalo crujía, la palma se doblegaba,
el higuerote temblaba y el bucare, hecho pedazos,
caía herido en los brazos del cafeto que sombreaba.

Ante el recio torbellino, que sembraba horror y muerte,
resistía altivo y fuerte, aquel héroe genuino.
Y, por arte del destino, con el brusco movimiento,
sólo conseguía el viento, después de intrépida liza,
despojarlo de chamiza, y hacerlo más opulento.

Una antigua tradición, difundida en Galipán,
cuenta que un sabio alemán, que llamaban "El Barón",
pasó un día en excusión hacia El Ávila señero,
siendo aquel hombre el primero que cumplió la gran hazaña
de escalar nuestra montaña, abriendo él mismo el sendero.

Ocurrió tal aventura el año mil ochocientos.
Sin alarde ni aspavientos, conquistó Humboldt la altura.
En medio de la espesura, en un punto, frente al mar,
señaló con un pilar, que mi abuelo conoció,
el sitio donde acampó cuando visitó el lugar.

Pasó la era triunfal que nos dio la independencia.
Nos asoló la violencia de la Guerra Federal.
La conciencia nacional sufrió tremendo desvío;
y de aquel pueblo bravío, que liberó un Continente,
se conservó solamente el episodio vacío.

De tan funesta locura, ni la selva se libró,
y El Ávila conoció su más triste desventura.
Su milenaria espesura cayó en manos de ignorantes,
y en lugar de los flamantes bosques de ricas maderas,
se alzaron en las laderas hornos de carbón humeantes.

Del hacha bajo la ley, cayó el recio granadillo,
el apamate, el pardillo y el florido araguaney.
Cayó abatido el copey, el caimito, el higuerón.
Todo se volvió carbón; y nadie supo el secreto
por qué se guardó respeto a aquel guayabo antañón.

Pero un fatídico día, que nunca olvidó la gente,
en que exceso de aguardiente despachó la pulpería,
entre grande algarabía y relucir de puñales,
dos carboneros rivales, ahitos de alcohol que apesta,
concertaron una apuesta, propia sólo de anormales.

-"Catorce reales me juego", le dijo José Dolores
a su rival, Diego Flores, "A que no te atreves, Diego,
a venir conmigo luego, con nuestras hachas filosas,
a cortar las más hermosas ramas al guayabo viejo?
Arriesgamos el pellejo, si nos salen mal las cosas".

-"Habrá que hacer el trabajo durante la noche obscura,
en que nadie se aventura a cruzar por el atajo.
Yo te alumbraré de abajo con un hachón encendido;
y, por si algún atrevido quisiera aguarnos la fiesta,
con una daga, como esta, será muy bien acogido".

-"Está pago, mi hermanazo", dijo Diego. "Venga el hacha,
que ahora tengo buena racha, y ahora échete el otro guamazo".
"Hoy se le ha vencido el plazo a ese viejo fanfarrón
que, según la adición de estos necios campesinos,
tiene poderes divinos y les brinda protección".

Y ¿no habrá en el vecindario quien tal fechoría impida?
¿No habrá quien salve la vida al guayabo centenario?
Estaba allí el Comisario con unos cuantos vecinos,
pusilánimes, mezquinos, que, oyendo, sin inmutarse,
dijeron: "no hay que arriesgarse con ese par de asesinos".

Y en la noche silenciosa, pobre de luna y reflejos,
tan sólo se oye a lo lejos el "tac" del hacha alevosa.
El vecindario reposa en su cobardía, inerte;
a nadie importa la suerte de aquel guardián del camino,
al que un aciago destino ha condenado hoy a muerte.

"¿Dónde están, Dios Soberano, tu justicia y tu poder,
que permites cometer un crimen tan inhumano?
¿Por qué no envía tu mano un rayo de alto cielo,
que haga rodar por el suelo a ese par de forajidos?"
así oraba entre gemidos mi desconsolado abuelo.

"Venid, fieras alimañas, que habitáis la selva umbría,
a vengar la villanía de estos seres sin entrañas.
"¿Venid, horribles arañas, serpientes de cascabel
y ciempiés de roja piel, dad honor a vuestro nombre
librando al bosque del hombre que es su enemigo más cruel…!"

Ya cruje la ramazón, al desprenderse violenta;
y la selva se amedrenta, cual si llegara el ciclón.
Busca el ave salvación, lanzando tristes gemidos,
caen destrozados los nidos, mueren los tiernos polluelos,
y no se inmutan los cielos, ni perecen los bandidos.

Mi abuelo, en la madrugada de aquel fatídico día,
subió hasta la serranía con e alma desgarrada.
Una escena inesperada se presentó ante sus ojos:
Al contemplar los despojos de la cruel mutilación,
se estremeció de emoción, cuando vió en medio, de pie,
el troncón de lo que fue aquel guayabo antañón.

No obstante lo acontecido aquella noche fatal,
el árbol se hizo inmortal, después de haber sucumbido.
Nadie lo echará en olvido, pues desde el noventa y ocho
en que, según "El Morocho", ocurrió el mentado drama,
aquella senda se llama: "Pica del Guayabo Mocho".

EPÍLOGO

Aquellos dos malhechores, que desafiaron al cielo,
pagaron en este suelo con merecidos rigores.
Al negro José Dolores, que vivía en Boquerón,
por hacerse "el valentón" en un pleito a machetazos,
le cortaron ambos brazos y murió sin confesión.

Al isleño Diego Flores, en castigo a su maldad,
le vino una enfermedad, que no curan los doctores:
Sentía fuertes dolores en los brazos y en los pies.
No pudo andar otra vez; y aquel hábil carbonero
acabó de pordiosero en un bar de Santa Inés.

Edición: Mayo, 2002
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